Mi padre es el sol, mi madre la luna. Mi hermano es el viento y el planeta tierra mi cuna. Mis únicos hijos son las frases que me invento y mi único regalo es vivir este momento. INTENTO CAMBIAR VIDAS! O al menos la mía. Alimentar sueños imposibles. BUSCAR LA SABIDURÍA por medio de la palabra. Diestro dramaturgo, prestidigitador del sentido absurdo.
lunes, 12 de noviembre de 2012
Con la aurora boreal vibrando fríamente en el cielo o con las estrellas brincando su gélida danza y la tierra aterida bajo el manto nevado, aquel canto de los huskies parecía ser un desafio a la vida, pero en ese tono menor, entre larguísimos aullidos quejumbrosos, era más bien una súplica, una queja manifiesta por el duro trabajo de existir. Era una canción antigua, tan antigua como la raza misma, una de las primeras canciones de un mundo más joven, de un tiempo en que todas las canciones eran tristes. El sufrimiento de innumerables generaciones impregnaba aquel lamento que tan extrañamente conmovía a Buck. Cuando aullaba y gruñía, lo hacía con el dolor de vivir de sus remotos antepasados salvajes, y con el mismo miedo y misterio del frío y la oscuridad que fueron antaño su miedo y su misterio. Y esa conmoción de su ser marcaba el final del proceso que lo había hecho retroceder a través de épocas enteras de calor y cobijo hasta los crudos orígenes de la vida en la era del aullido.
Jack londonn. La llamada de la selva
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